viernes, 8 de enero de 2010

sufrir o no... quien dijo que hay elección...

Es difícil escoger el camino a tomar ante el sufrimiento. Cualquier decisión que se tome no hace más que generar más de él. Nadie va ni viene sin él.

Morir no hace la diferencia, todo sigue sin importar de quien se trate. Habrá existido alguien que por su muerte, el viento dejara de soplar, o el sol de brillar, o hasta que el tiempo se detuviera a reflexionar sobre su marcha. No. Ser mortal.

Deprimirse. ¿Hará la diferencia? Solo encierra al ser en ideas repetitivas que al fin y al cabo no conducen a ninguna parte. Al mundo no le importa, y no le importará. A nadie le afecta. Solo al ser que se encierra en sí mismo y se tortura por algo de lo que es esclavo.

Vengarse no resuelve nada. Es solo transmitir el dolor, pero no lo cura. La venganza no es dulce, es amarga. Y únicamente convierte a la víctima en un compañero del dolor, del cual directa o indirectamente, ya era. Finalmente, se convierte en un ciclo de pena y sufrimiento.

Si morir, ni deprimirse, ni vengarse ayudan al ser a realizarse y resolver su dolor. ¿Por qué existen? Tal vez porque la desesperación consume el alma y la lleva a la locura. Transforma el ser una marioneta de su dolor. Lo separa de su consciente. Como si tales emociones controlaran al ser, y este no pudiera más que someterse a la voluntad de un insano sentir causado por la angustia y la desesperación.

El resultado es un trágico remedo de ser. Esclavo de sus circunstancias. Encadenado a su dolor, lo convierte en un ignorante de la felicidad. Enemigo de la vida.

Este aparejo de conflictos sin razones, arrastra sus cadenas hasta convertirlas en parte de sí. Para entonces aparecen nuevas cadenas, las cuales se internalizan y nuevamente aparecen más ataduras, que lo separan de un posible despertar a la razón.

Posiblemente entonces, se considere pertinente enfrentar la pena. Hacer frente al sufrimiento y aceptarlo como parte de la rutina del “vivir”. Aunque no condena el alma, este se convierte en guerrero de mil batallas, vasallo del combate. Luchando por una libertad que no llegará en vida. Que solo podrá redimirlo en su deceso.

Pelear contra la amargura, requiere hacerla parte del ser, y usarla para destruirla. Dejarla fluir. Dejarla pasar. En el interior, convertirla en coraje, para seguir luchando. Un proceso que acompañara hasta la vejez, incluso hasta el mismo día en que se marche de este mundo.

Ciertamente se habrá vivido, pero nunca en paz. Nunca sin este compañero de frustraciones que parece estar en la cima de la cadena en este plano…

No se puede decir con certeza entonces que es mejor, echarse a morir, deprimirse, la venganza o el combate. Todos llevan a un destino parecido. Y en el universo de emociones que es cada ser, no es posible generalizar lo mejor para cada uno.

Sería cuestión de analizar fríamente cuál de todas las posibles opciones, incluso las no relatadas en este texto, es la que brinda una mayor esperanza y satisfacción a la esencia personal de cada ser.

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