lunes, 11 de enero de 2010

La agonía de una verdad jamás aceptada.

En las sombras, la felicidad se entristece de no ser encontrada. Irónico. Murmura canciones de futuros mejores, y divaga en fantasías de lo que podría ser, si alguien diera con ella.

Es sabido de héroes que han salido valerosamente en su marcha. Mas de ellos, solo eso se sabe. El mundo espera con ansias el día de su regreso. Milenios han pasado, y justo cuando la fe comienza a extinguirse, nuevos héroes se aventuran en la travesía de encontrarla. Se aviva la esperanza.

Milenios vuelven a pasar, los antiguos valientes fueron olvidados, sustituidos por el aguardo que representaron los nuevos cuando la fe mermó. Y de nuevo el mundo aclama que se levanten otros para tomar la batuta en ruta hacia lo todavía desconocido. La felicidad.

Muy a la inversa, la realidad muestra siempre su cara. Tajante. Fría. Ciega. Nadie la quiere, pero ella se entrega. Recorre los senderos en busca de sus víctimas, personajes que han aparecido en la dimensión del tiempo y del espacio, su dimensión.

¿Correr?, ¿A dónde? Pero si se evade, se tocara el vientre con sus heladas manos, y dará a luz una nueva cría, una máscara. Una ilusión disfrazada de prosperidad, que no es más que una carnada para atraer a los débiles. Cientos de fieles ya han caído en sus brazos. No se conoce de alguno que volviera siquiera a sonreír.

Pero de aquellos, que son alcanzados por ella, tampoco se sabe nada.

Lo que casi nadie sabe, es que solo busca compañía. Nunca le ha gustado estar sola. Disfruta ser apreciada. Por eso busca compañía, mártires de su expresión.
Ironias, las que se ofrecen por doquier en este mundo, de realidad no aceptada y felicidad no encontrada.

Como en el ocaso, cuando no es de día ni es noche. Entre ambas hay una historia de agonía. Mientras la felicidad se revuelca en las sombras esperando ser hallada, la realidad peca de insidiosa buscando quien la quiera. Y los buscadores buscados, avanzan perdidos en la vanidad del no saber.

viernes, 8 de enero de 2010

sufrir o no... quien dijo que hay elección...

Es difícil escoger el camino a tomar ante el sufrimiento. Cualquier decisión que se tome no hace más que generar más de él. Nadie va ni viene sin él.

Morir no hace la diferencia, todo sigue sin importar de quien se trate. Habrá existido alguien que por su muerte, el viento dejara de soplar, o el sol de brillar, o hasta que el tiempo se detuviera a reflexionar sobre su marcha. No. Ser mortal.

Deprimirse. ¿Hará la diferencia? Solo encierra al ser en ideas repetitivas que al fin y al cabo no conducen a ninguna parte. Al mundo no le importa, y no le importará. A nadie le afecta. Solo al ser que se encierra en sí mismo y se tortura por algo de lo que es esclavo.

Vengarse no resuelve nada. Es solo transmitir el dolor, pero no lo cura. La venganza no es dulce, es amarga. Y únicamente convierte a la víctima en un compañero del dolor, del cual directa o indirectamente, ya era. Finalmente, se convierte en un ciclo de pena y sufrimiento.

Si morir, ni deprimirse, ni vengarse ayudan al ser a realizarse y resolver su dolor. ¿Por qué existen? Tal vez porque la desesperación consume el alma y la lleva a la locura. Transforma el ser una marioneta de su dolor. Lo separa de su consciente. Como si tales emociones controlaran al ser, y este no pudiera más que someterse a la voluntad de un insano sentir causado por la angustia y la desesperación.

El resultado es un trágico remedo de ser. Esclavo de sus circunstancias. Encadenado a su dolor, lo convierte en un ignorante de la felicidad. Enemigo de la vida.

Este aparejo de conflictos sin razones, arrastra sus cadenas hasta convertirlas en parte de sí. Para entonces aparecen nuevas cadenas, las cuales se internalizan y nuevamente aparecen más ataduras, que lo separan de un posible despertar a la razón.

Posiblemente entonces, se considere pertinente enfrentar la pena. Hacer frente al sufrimiento y aceptarlo como parte de la rutina del “vivir”. Aunque no condena el alma, este se convierte en guerrero de mil batallas, vasallo del combate. Luchando por una libertad que no llegará en vida. Que solo podrá redimirlo en su deceso.

Pelear contra la amargura, requiere hacerla parte del ser, y usarla para destruirla. Dejarla fluir. Dejarla pasar. En el interior, convertirla en coraje, para seguir luchando. Un proceso que acompañara hasta la vejez, incluso hasta el mismo día en que se marche de este mundo.

Ciertamente se habrá vivido, pero nunca en paz. Nunca sin este compañero de frustraciones que parece estar en la cima de la cadena en este plano…

No se puede decir con certeza entonces que es mejor, echarse a morir, deprimirse, la venganza o el combate. Todos llevan a un destino parecido. Y en el universo de emociones que es cada ser, no es posible generalizar lo mejor para cada uno.

Sería cuestión de analizar fríamente cuál de todas las posibles opciones, incluso las no relatadas en este texto, es la que brinda una mayor esperanza y satisfacción a la esencia personal de cada ser.

lunes, 9 de noviembre de 2009

La vida es...

La vida es...

Una sonrisa en los labios de tu madre... o el abrazo que te dió tu papá...

Andar de la mano de la mujer que quiero...

Una embarrialada en la calle en un día de juego con los amigos...

Una cena en la casa de la abuela... ojala del 25 de diciembre...

Una peleita con los primos... que al final termina en la heladería riendo de lindo...

Sí... la vida... LA VIDA ES LA EXPERIENCIA DE SENTIR... (en todas sus emociones)